Cuando el amor nos roza, nos atraviesa, muy
probablemente, un arcoíris se despliegue ante nosotros, “es él/ella”, sus
virtudes son destellos, que por momentos nos enceguecen, es nuestra alma
gemela, le gusta hacer lo mismo que a mí, me hace reír mucho, me atiende, me
mima, me ama, lo cuido, lo animo, lo amo. Somos tan parecidos, nos entendemos
tanto…, nos gustan las mismas cosas, compartimos los mismos gustos, en
definitiva, somos el uno para el otro.
Si nos preguntaran a cerca de sus defectos,
habría una dificultad real por encontrarlos, pero tiempo al tiempo, no tardarán
en aparecer.
Y cuando aparecen las diferencias, parece
que las cosas que antes teníamos en común, se hubieran esfumado. Es difícil,
que estas diferencias, no se instalen, se organicen en torno a la superioridad
- versus - inferioridad. De hecho, se establece muchas veces, una relación con el otro, cuya base, se va a sostener, siempre
y cuando haya un inferior.
Parece no existir lugar para lo
complementario, las dificultades se dirimen en el cuadrilátero de la
superioridad-inferioridad, que puede tener distintos rostros, como ser: culturales,
sociales, económicos, intelectuales…Todo parece estar sobre el tapete, menos
las coincidencias.
Lo que sí parece ser un denominador común,
un rasgo que caracteriza estas dificultades, es que todo aquello que nos
enamoró, que nos atrajo, que nos pareció maravilloso… “curiosamente”, es el
mayor motivo de queja, por parte de los integrantes de la pareja.
Por ej.
Si alguien era extraordinariamente
protector, hoy es un pesado sobreprotector, si alguien era prolijamente
meticulosa, hoy es una obsesiva impertinente, es decir, parece que los dados se
hubieran exactamente invertido, y su valencia, fuera la opuesta a la admirada.
La mirada ha cambiado radicalmente, ha
dejado de exaltar los rasgos admirados, para pasar a escudriñar, los más
rechazados. Aquello que antaño era motivo de admiración, o se ha convertido
casi en desprecio.
Tal vez, lo que haga falta, sea una mirada
más integradora, de virtudes y defectos que sin lugar a dudas, ya se
encontraban presentes, pero que dejábamos de lado, en nuestro afán de no
interrumpir la magia del enamoramiento.
Un camino espinoso y también pleno de
satisfacción, nos espera, y es nada más, ni nada menos, que la posibilidad de
pasar, del enamoramiento, al amor. Este dificultoso pasaje, que no todas las
parejas logran sortear, nos habla de un amor, más profundo, menos, vertiginoso,
menos, superficial, más real, dónde el otro/a, es visto más auténticamente,
amando distintos aspectos del otro/a, sin pretender una idealización
inexistente. Llegar a este escalón, ya es todo un logro, pero para esto, hay
que trabajar, los integrantes de las parejas, deben poder acompañar los cambios
que se irán sucediendo, en cada uno de ellos, y paralelamente en la pareja en
sí misma. Hay que trabajar en el día a día, no deteniéndose solamente en lo que
el otro no nos da, sino también en lo que sí nos satisface, no es que “algunos
nacen con estrellas y otros estrellados”, creo que a nivel de pareja, todos
tenemos esa posibilidad, de intentar dar lo mejor de cada uno, y que a su vez
el otro, me potencie, esto es, saque lo mejor de mí. Algo también fundamental
es, no herir al otro de muerte, ¿qué quiere decir esto?, esto es que cuando
discutimos por algo, hay que intentar centrarse en lo que estamos discutiendo,
sin emitir juicios generales sobre el otro integrante, cómo si esta sola
actitud, lo describiera en su totalidad, no tomar la parte, por el todo,
estamos discutiendo algo puntual, que no nos puede llevar a lastimar de una
manera brutal, desproporcionada, que lo único que logrará será, dar rienda
suelta a la ira, a la agresión, y levantará murallas, que muchas veces, se
harán infranqueables, ya que, cuando uno expresó algo muy violento, con
respecto a otro, difícilmente, se pueda arreglar con un perdóname.
Intentar negociar, convencer, y no destruir
al otro, socavando su autoestima, su sexualidad, u otros recursos, de los que
suele nutrirse la violencia. Así la pareja, irá perdiendo el vértigo y la
superficialidad de los primeros tiempos, pero irá ganando es profundidad, y
estabilidad; estabilidad, que no es equivalente a estancamiento. La pareja
tendrá que encontrar sus propias fuentes de dinamismo, algunas en lo
individual, que permitirán nutrir y oxigenar el espacio de reencuentro.
Pensarse uno mismo, también con
responsabilidades, en el buen o mal funcionamiento de la pareja, es mucho más
fácil, ver “la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio”, cada uno
encontrará la forma de cómo hacerlo, como por ejemplo, escuchar, la incomodidad
del otro, y no estar preparando un nuevo flanco de ataque, porque uno se sienta
atacado.
Y… ¿qué hemos hecho con los reclamos que hemos
escuchado o escuchamos frecuentemente provenientes del otro miembro de la
pareja? es, escuchar, y hacer algo con eso que se ha escuchado, tenemos dos
oídos, y una sola boca, hacer algo con lo que uno escucha sinónimo de que no ha
caído en saco roto, lo que el otro nos ha dicho, o le hemos dicho, es un
mensaje que llega que dice algo, así como “me acuerdo que esto…te molesta… te
agrada… te tengo en cuenta”,es decir,
no queda en una mera catarsis, dónde cuando se le pase, todo seguirá igual,
sino que se trata de una discusión, de una confrontación, cuyo mayor valor,
será que le llegue al otro, esto que siento es importante para mí, que me
llegue a mí esto, que es tan importante para él, es decir se transformará en
una confrontación fructífera, donde tanto uno como el otro, sabremos, que nos
hace sentir mal, que nos hace sufrir, que nos molesta.
Igual lugar de importancia le corresponde a
lo que nos da el otro y nos hace sentir feliz y sería bien importante que le
dedicáramos el mismo tiempo y el mismo entusiasmo que a nuestras desavenencias,
ya que es más fácil poder reconstruir lo que no está funcionando si ponemos el
mismo énfasis en lo que sí lo está.
Esto no
pretende ser en lo más mínimo una receta, sino un breve pantallazo de cómo
enfrentar “la pareja en problemas”.